Porque por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo.
Gavin entró al cuarto justo entonces, notó mi expresión y se acercó.
“¿Qué pasó?”
Le mostré la pantalla.
Él la leyó. Su mandíbula se tensó.
Luego me miró.
“Perfecto,” dijo, con ese tono peligroso. “Acaba de cometer un error gigante. Acaba de darnos jurisdicción. Acaba de vincularse a un acto ilícito.”
Puso una mano en mi cintura.
“Mil… vamos a atraparlo.”
Yo asentí.
“Juntos,” dije.
“Juntos,” repitió él, inclinándose para besarme suavemente