33. Sopa de pescado
Pedí un taxi y regresé inmediatamente al apartamento. Allí me recibió Mateo, que corrió hacia mí y me dio un fuerte abrazo. El aroma a jabón y vainilla de su cabello era relajante. Frunció los labios.
—Mamá, ¿por qué te fuiste sin decirme nada? Teo pensó que te ibas muy lejos—, se quejó, con voz ansiosa y un poco enfadada.
—Lo siento, cariño, era urgente. La enfermera Vina te cuidó, ¿verdad?—.
—Sí, pero mamá no suele hacer esto. Teo estaba preocupado de que mamá lo dejara—.
Me reí. Mateo era un