La noche cayó lentamente sobre la ciudad, envolviéndola en una penumbra suave, apenas rota por los destellos amarillos de los faroles y el rumor distante de los autos que pasaban. En el apartamento, el silencio se había vuelto espeso, casi tangible, como si las paredes contuvieran la respiración junto con ellos. Camila permanecía junto a la ventana, los dedos apoyados en el marco frío del vidrio, observando las luces difusas al otro lado mientras sus pensamientos corrían desordenados.
Había demasiadas cosas atravesándole el pecho: la conversación con Lucía, la presencia cada vez más constante de Alejandro, la sombra de Gavin que, aunque ausente, seguía pesando como una presencia invisible. Nada estaba del todo claro, y eso era exactamente lo que más la inquietaba. Sentía que su vida se había convertido en una encrucijada interminable, donde cada dirección parecía correcta y equivocada al mismo tiempo.
Alejandro, sentado en el sofá, la observaba en silencio. Sus ojos la seguían con una