Esa noche no dormí.
No podía.
Me senté en el borde de la cama.
Miré el techo.
Miré el teléfono.
Miré la nota de Mateo junto a la lámpara.
Recordé su “Mama, descansa.”
Recordé su ternura.
Recordé su existencia.
Y entonces entendí algo.
No solo estaba luchando por Gavin.
También estaba luchando por mí misma.
Por mi dignidad.
Por mi capacidad de elegir.
Por la mujer que ya no quería vivir bajo las decisiones de otros.
Yo ya había sido manipulada antes.
Ya había perdido cosas por culpa de gente poderosa.
Ya me habían pisoteado.
Y siempre, siempre…
me había levantado.
Esta no sería la excepción.
---
A la mañana siguiente, el mundo continuó como si nada hubiera pasado.
Mateo fue a la escuela.
El sol salió.
La ciudad siguió funcionando.
Pero dentro de mí…
algo había cambiado.
Preparé café.
Lo bebí lentamente.
Y mientras el líquido caliente bajaba por mi garganta, tomé una decisión.
No iba a quedarme esperando.
No iba a aceptar pasivamente.
No iba a llorar en silencio.
Si Gavin había intentad