109.
El amanecer trajo consigo una claridad engañosa. El cielo estaba despejado, las nubes parecían haberse retirado con delicadeza, y el sol comenzaba a derramar una luz suave sobre la ciudad. Sin embargo, en el interior de cada uno de ellos, la inquietud seguía arraigada, como una sombra persistente que se negaba a retroceder.
Camila se levantó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado por la falta de descanso. No había dormido realmente; apenas había cerrado los ojos lo suficiente para engañar al cansancio. Al mirarse al espejo, notó sus ojeras marcadas, su piel ligeramente pálida y sus ojos cansados, pero aún firmes. Había lágrimas acumuladas que no se habían atrevido a caer, y quizá eso era lo que más dolía: ese llanto contenido que quemaba por dentro.
Se lavó el rostro con agua fría, tratando de despejarse, de volver a sentirse en control. Se prometió que ese día no se permitiría derrumbarse. No mientras Gavin siguiera lejos. No mientras él pudiera necesitarla.
Cuando salió al comedor,