Sin dejar de observarlo con los ojos entrecerrados, esbozo una sonrisa, ante la cual Kalet cruza sus brazos y me mira con ferocidad.
—No me mires así —refunfuña Kalet después de algunos segundos.
—Quiero que estés al pendiente de cuando lleguen las flores para Giselle y subas para ver su reacción —le ordeno entrelazando mis manos a la altura de mi barbilla—, y obviamente tendrás que venir a contarme.
—¿Por qué tengo que ir yo? —se queja.
—Porque soy tu jefe y te lo estoy ordenando.
—Podrías man