—¿Estás bien? —me cuestiona mi amigo, una vez que salimos de la estación de policía.
—Sí, todo bien. Por favor, no le cuentes a Giselle lo que sucedió con la pulsera, no quiero espantarla y, antes de ir a casa, debemos de hacer otra parada.
Cuando llegamos a casa, subo corriendo las escaleras, ignorando el llamado de Giselle, tal como sucedió en mi sueño, y después de guardar la pulsera en el lugar que le corresponde, bajo a la estancia donde me esperan tanto mi esposa como mi nana.
—¿Sucedió a