La nueva realidad funcionó con una precisión gélida. Olivia se convirtió en un fantasma eficiente. Asistía a las reuniones obligatorias con Alexander. Sonreía en las fotos para la prensa. Firmaba documentos donde se requería la firma de "la Sra. Vance". Pero su mirada estaba vacía. Y su corazón, más.
Isabella, por otro lado, estaba en todas partes. Sin Olivia como filtro, su acceso a Alexander se volvió directo, constante. Llamadas a deshoras. Reuniones de cierre en la oficina. Informes que solo ellos dos revisaban. El proyecto europeo avanzaba a velocidad de vértigo, y cada éxito se atribuía, con razón, a la brillantez de Isabella.
La crisis francesa, la del proveedor Fontaine, fue su obra maestra. No solo había salvado el contrato. Lo había renegociado con términos aún más ventajosos para Vance, utilizando su influencia con Durand para obtener concesiones que el equipo legal ni siquiera había imaginado posibles. Los números finales que presentó eran deslumbrantes.
Alexander estaba e