El silencio en el Salón Orion era absoluto, roto solo por el zumbido de bajo del proyector y la respiración entrecortada de Charles Vance. Todos los ojos estaban clavados en la pantalla, en esa firma familiar que condenaba.
Alexander dejó que la imagen se quemara en sus retinas. Dejó que la evidencia hablara por sí misma. No necesitaba subir el tono. Los números, las fechas, la letra de su tío, eran más elocuentes que cualquier discurso.
—Esta no es la historia de un error contable —continuó Al