Las puertas del Salón Orion cedieron con un susurro de bisagras aceitadas. El sonido no fue estridente, pero bastó.
Un primer círculo de silencio se propagó desde la entrada, como una piedra en un estanque. Las conversaciones murieron de golpe. El tintineo de porcelana se detuvo en el aire.
Todos los ojos en la sala—más de sesenta pares—se volvieron hacia él.
Alexander Vance cruzó el umbral.
No sonrió. No saludó con la mano. Su mirada barrió la sala una vez, rápida, evaluadora. Registró los ros