La mañana llegó con una luz suave y difusa, filtrándose por las persianas de la habitación de invitados. Alexander despertó sin sobresalto, pero con una sensación extraña: quietud. No era el silencio cargado del ático, ni el vacío después de una batalla. Era la calma de un espacio compartido, donde otros dormían cerca.
Se vistió con la misma ropa del día anterior, que ahora le parecía ajena, como un disfaz ya utilizado. Al salir al pasillo, el olor a café recién hecho lo guió hacia la cocina.
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