El ascensor descendía en silencio total. Alexander observaba su propio reflejo en las puertas de acero. Parecía un extraño. El traje azul marino, impecable hacía unas horas, ahora colgaba de sus hombros como una armadura prestada. Olía a café amargo y a la ansiedad concentrada de la sala de juntas.
Salió al vestíbulo principal. El espacio era vasto, frío. Pisos de mármol que reflejaban la luz fluorescente. Empleados pasaban en grupos pequeños, sus murmullos formando un zumbido de fondo.
Algunos