El sándwich desapareció. La manzana también. Alexander dejó el plato vacío sobre la mesa de centro, sintiendo el peso del alimento como un ancla que lo mantenía en el presente, en este sofá, lejos del acantilado emocional del día.
Emma, exhausta por su propia narrativa épica del castillo, se había desplomado contra un cojín, sus párpados pesados. Olivia se levantó sin hacer ruido, la recogió con suavidad y la llevó a su habitación. Alexander escuchó el murmullo de su voz, un cuento breve y susu