La noche era fría. Silenciosa. La ciudad brillaba bajo un cielo sin estrellas, ahogado por su propia luz.
Alexander caminaba. No tenía destino. Sus pies golpeaban la acera con un ritmo mecánico. El ático le pesaba. Un ataúd de recuerdos. El apartamento de Olivia era un santuario. No quería profanarlo con su tormenta interior.
Terminó donde siempre terminaba cuando huía de sí mismo: frente al edificio de piedra arenisca. Antes era el Hotel Vance Boston. Ahora era "The Harrison". El letrero nuevo