El apartamento de Olivia olía a café recién hecho y a tinta de marcador. La mesa del comedor, normalmente lugar de pancakes y dibujos infantiles, estaba transformada en un centro de mando improvisado. Planos, gráficos financieros y perfiles de accionistas cubrían su superficie. En un extremo, Emma coloreaba tranquilamente, ajena al huracán estratégico que se gestaba a su alrededor.
Alexander llegó puntual, llevando bajo el brazo una carpeta gruesa y, en el bolsillo de su abrigo, las dos piedras