La llamada llegó un martes por la tarde.
Alexander estaba en el ático. Revisaba planos. No de Vance. Eran bocetos propios. Para un pequeño complejo de estudios. Un proyecto anónimo. Su terapia.
El teléfono vibró. Un número desconocido. Casi no contestó. Algo le detuvo.
—¿Diga?
—Señor Vance. Alexander Vance.
La voz era familiar. Masculina. Mayor. Tensa.
—¿Quién habla?
—Soy Davies. Gerald Davies. De Finanzas. Del piso cuarenta.
Alexander se enderezó. Davies. Jefe de contabilidad corporativa. Homb