La encontró frente a su edificio.
Alexander regresaba con café. La vio. Parada junto a la puerta. Elegante. Inmóvil.
Isabella.
No se sorprendió. Era cuestión de tiempo.
Ella lo vio. No sonrió. Asintió.
—Alexander.
—Isabella.
—¿Podemos hablar? No aquí.
—Un parque. Dos calles.
Caminaron en silencio. Distancia precisa. Ella olía igual. Perfume caro. Amaderado. Lo recordó. De otra vida.
El parque estaba vacío. Se sentaron en un banco frío.
—No vine a pedir perdón —dijo ella, mirando al frente.
—No