La sala de espera del pediatra era un universo en miniatura. Un microcosmos de ansiedad parental, paciencia desgastada y pequeños triunfos. Olía a desinfectante suave y a galletas de animalitos.
Olivia estaba allí con Emma. Era un chequeo de rutina. Los dos años. Emma, sentada en su regazo, hojeaba un libro desgastado sobre un osito con mocos. Lo miraba con seria concentración, sus pequeños dedos señalando cada ilustración.
—Mira, mamá. El osito está triste.
—Sí, cariño. Porque está enfermo. Pe