La tensión en el ático había alcanzado un punto de ebullición silenciosa. Era un gas invisible pero tóxico. Llenaba cada habitación, cada respiración.
Olivia pasaba las tardes luchando contra las náuseas en el silencio de su baño. Alexander pasaba las noches inmóvil frente a las ventanas. Su perfil era una línea dura contra el cielo nocturno. Un vaso de whisky sin beber en su mano. La comunicación se había reducido a lo imprescindible. El aire entre ellos era tan frío que casi se podía ver.
Fue