Las primeras señales fueron sutiles. Llegaron como susurros en medio del ruido ensordecedor de su dolor. Olivia las ignoró. Tenía razones de sobra para sentirse mal. Su mundo era un edificio de cristal que se había hecho añicos. Era normal sentirse destrozada por dentro.
El cansancio fue lo primero. No era el agotamiento habitual tras un día de reuniones intensas. Esto era distinto. Era una fatiga profunda que se instalaba en sus huesos. Una pesadez que la arrastraba hacia abajo.
A media tarde,