La reunión en el ático fue breve y sombría. El agente, un hombre de mediana edad con una discreción casi palpable, recorrió las habitaciones silenciosas con una mirada profesional, anotando detalles en su tablet.
Alexander lo siguió, sintiendo cada espacio no como suyo, sino como el escenario de una vieja obra ya terminada. El estudio con los planos del centro comunitario, el sofá donde se hundió en la depresión, la ventana desde donde miraba una ciudad que lo había desterrado.
—Es una propieda