La ausencia de Alexander convirtió el ático en un santuario de silencio. Un silencio que al principio fue un alivio, pero que rápidamente se volvió cómplice. Un cómplice que amplificaba cada uno de los susurros de su cuerpo. Los tres días posteriores a su partida fueron un torbellino de síntomas que ya no podía ignorar.
El cansancio era un muro. Se dormía a las ocho de la noche y despertaba a las siete de la mañana sintiéndose como si no hubiera descansado en absoluto. Las náuseas ya no se limi