La luz del tercer amanecer en Milán se filtró suavemente por las persianas, pintando líneas doradas sobre los cuerpos entrelazados en la cama. Olivia despertó primero, su conciencia regresando lentamente al calor que la rodeaba. Alexander dormía profundamente a su lado, un brazo protector atravesado sobre su cintura, su respiración regular contra su cuello.
Permaneció quieta, observando cómo la luz jugaba en las pestañas de él, en la ligera sombra de barba en su mandíbula. Tres días. Setenta y