La mañana de su partida llegó con una luz cruda y sin concesiones. No era el suave amanecer dorado de los días anteriores, sino una claridad blanca y fría que entraba por las persianas y lo iluminaba todo con una verdad implacable.
—¿Cuánto tiempo falta? —preguntó, su voz ronca por el sueño.
—Tres horas —respondió él sin volverse—. El coche viene a las nueve.
Tres horas. Setenta y dos horas habían tenido. Setenta y dos horas de burbuja. Ahora solo quedaban tres. Y luego, el vuelo de regreso. Nu