Mundo ficciónIniciar sesiónLa música descendió apenas cuando Alma y Tomás se alejaron unos pasos del centro del salón. Desde la terraza vidriada del Hotel Aurora, el mar se veía oscuro y calmo, como si también estuviera presenciando la ceremonia en silencio. Las luces interiores se reflejaban en los cristales, envolviéndolos en una burbuja momentánea, lejos de las miradas y los flashes.
Alma respiró hondo.
—Nunca imaginé algo así —dijo en voz baja, mirando el salón repleto—. Jamás pensé gastar tanto dinero en una boda… es hermoso, sí, pero no era mi idea de felicidad.
Tomás sonrió con seguridad, como quien escucha una frase tierna, no una advertencia.
—Es una sola vez en la vida —respondió—. Merecés todo esto y más.
Alma apoyó las manos en la baranda de vidrio y miró hacia el cielo, apenas visible entre las luces de la ciudad.
—¿Sabés cuál era mi verdadero sueño? —preguntó—. Una casa sencilla, con mucha luz. Ventanales grandes, paredes claras… y tragaluces en el techo. Siempre imaginé acostarme de noche y ver las estrellas desde la cama.
Tomás la observó con atención, sorprendido.
—¿Nada de mármol italiano ni candelabros? —bromeó.
Alma sonrió, negando con la cabeza.
—No. Una casa viva. Que entre el sol por todos lados. Que se sienta hogar, no vitrina. Creí durante años que nunca me iba a casar… mi sueño siempre fue otro.
—¿Cuál? —preguntó él, más serio.
—Construir algo propio. Trabajar. Crecer. Compartir proyectos —dijo sin mirarlo—. Sentirme útil, realizada.
Tomás tomó su mano con firmeza.
—Alma, ya no vas a tener que trabajar si no querés. Podés tener la vida que siempre soñaste. Viajar, disfrutar, dedicarte a ti.
Ella giró lentamente hacia él.
—Pero yo sí quiero trabajar —respondió con suavidad, pero sin dudar—. Siempre soñé con hacerlo junto a Esperanza. Tú sabés cuánto la admiro. Además… —hizo una pausa— he recibido varias ofertas. Por mi trayectoria en la universidad, por los proyectos que desarrollé.
Tomás sonrió de nuevo, esa sonrisa segura que tantos admiraban en él.
—Puedo mejorar todas esas ofertas —dijo—. Mucho más. Puedo llevarte a trabajar conmigo en la empresa. Donde estés protegida, cuidada, valorada. Si tu deseo es trabajar, yo voy a cumplir todos tus deseos.
Alma lo miró en silencio. No discutió. No negó. Pero algo en su interior se contrajo apenas, como una luz que parpadea.
—Quiero que tengamos proyectos en común —dijo finalmente—. Que lo que construyamos sea de los dos.
—Lo será —aseguró Tomás—. Todo lo será.
Desde el salón llegó un aplauso espontáneo. Alguien había comenzado un brindis improvisado. Elena los observaba desde lejos, con una mezcla de orgullo y atención, como si intentara leer lo que no se decía.
Tomás llevó la mano de Alma a su pecho.
—Somos un equipo ahora —dijo—. Nada nos va a faltar.
Alma apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos un instante. Se dejó llevar por la música, por el vestido, por el murmullo admirado de los invitados. Por ese momento que todos consideraban perfecto.
Cuando regresaron al centro del salón, los reflectores los envolvieron otra vez. Los aplausos fueron largos. Hubo lágrimas, abrazos, promesas pronunciadas en voz alta.
Y mientras bailaban, Alma levantó la vista hacia el techo decorado con luces artificiales que imitaban estrellas.
Por un segundo, imaginó un tragaluz real.
Y el cielo verdadero.







