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Así como en los cuentos de hadas

Hace unas horas Alma tenía el corazón destrozado, pero ahora estaba frente a aquel hombre que había cautivado su corazón, no tenía palabras para todo lo que estaba sintiendo.

—Papá, mamá, hermanas… se que suena tonto, pero yo amo al Señor Beltrán, siento que el destino nos unio aquella noche. Nunca me había sentido así, no puedo siquiera explicarlo.

—Está bien, querida, a veces el amor es así, no podemos explicarlo, simplemente hay que sentirlo y vivirlo.

Los padres de Alma no entendían lo que estaba sucediendo, pero estaban seguros de que si se oponían, podían llegar a perder a su hija para siempre.

En menos de una semana la familia de Tomás Beltrán había preparado una lujosa boda para ellos.

La noche en que se celebró la boda, Ciudad Luminia pareció contener la respiración.

El salón principal del Hotel Aurora —una joya arquitectónica frente al mar— estaba iluminado por enormes arañas de cristal importadas de Praga, cuyos destellos se multiplicaban sobre el mármol pulido del piso. Cortinas de seda marfil caían desde el techo hasta el suelo, enmarcando columnas decoradas con orquídeas blancas y rosas inglesas. Cada detalle había sido pensado para transmitir una sola idea: poder, éxito y perfección.

Los invitados comenzaron a llegar temprano. Empresarios reconocidos, figuras de la política, celebridades de la televisión y directores de multinacionales cruzaban la alfombra gris perla mientras los flashes de los fotógrafos iluminaban la entrada. No era solo una boda: era un evento social del año, digno del CEO de una de las empresas más influyentes del país. Entre aquellos rconocidos personajes se encontraban la familia de Alma, Esperanza y sus abuelos, quienes parecían contrastar con todo aquel lujo.

La familia Beltrán a pesar de ser una de las familias influyentes, tenían origenes humildes, jamás menospreciaron a Alma o a su familia, al contrario no escatimaron en gastos, queriendo lucirse entre sus conocidos y con su nueva integrante.

El novio apareció primero.

Vestía un esmoquin negro de corte italiano, hecho a medida, con solapas de raso y una camisa blanca impecable, abrochada con gemelos de platino. La corbata moño, sobria y perfectamente ajustada, acompañaba un porte seguro, entrenado durante años de reuniones, discursos y decisiones millonarias. Caminaba con una sonrisa contenida, esa que se aprende cuando uno sabe que está siendo observado y evaluado.

Minutos después, las luces del salón descendieron suavemente.

La novia hizo su entrada envuelta en un murmullo colectivo.

Llevaba un vestido de alta costura, confeccionado en seda natural y encaje francés, con una cola larga que parecía flotar detrás de ella. El escote, elegante y preciso, realzaba su figura sin excesos. Sus hombros estaban descubiertos y un velo translúcido, bordado a mano, caía desde un rodete bajo cuidadosamente armado. El maquillaje era luminoso, pensado para resaltar sin opacar, y las joyas —diamantes discretos pero inconfundibles— hablaban de una fortuna que no necesitaba demostrarse.

Cada paso que daba resonaba en el silencio admirado del salón.

Las mesas estaban dispuestas en forma circular, vestidas con manteles de lino blanco y centros florales minimalistas. Copas de cristal tallado, vajilla de diseño exclusivo y tarjetas caligrafiadas a mano marcaban los lugares. La música en vivo, interpretada por una orquesta de cámara, acompañaba la ceremonia con una elegancia casi cinematográfica.

Durante el brindis, las palabras fueron medidas, formales, correctas. Se habló de amor, de compromiso, de futuro. Los aplausos fueron largos, sinceros, pero también estratégicos. En ese salón, cada gesto tenía un peso simbólico.

Sin embargo, entre tanta perfección, había miradas que no celebraban del todo. Sonrisas que duraban apenas lo necesario. Porque incluso en las bodas más lujosas, el poder no garantiza la paz, y el brillo no siempre alcanza para ocultar las grietas.

Esa noche, mientras el mar golpeaba suavemente los ventanales del Hotel Aurora, se selló una unión que todos admiraban… aunque pocos comprendían realmente.

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