Inicio / Romance / Amor entre tres ciudades. / La noche después del brillo
La noche después del brillo

La suite presidencial estaba en silencio cuando la puerta se cerró detrás de ellos.

Lejos del murmullo, de la música y de las miradas ajenas, la noche parecía recién empezar. Las luces eran tenues, doradas, y desde el ventanal se veía el mar extendido como una sábana oscura y tranquila. Alma dejó los zapatos junto a la entrada y caminó descalza sobre la alfombra, todavía envuelta en el vestido, como si el cuerpo le pidiera ir más despacio que el mundo.

Tomás se aflojó el moño y la observó sin decir nada.

—¿Estás bien? —preguntó finalmente, con una voz distinta, menos firme que la del salón.

Alma asintió, aunque sus manos temblaban apenas.

—Estoy… emocionada —dijo—. Y un poco asustada.

Tomás se acercó sin invadirla. Le tomó las manos, cálidas, firmes.

—No tenemos que apurarnos —respondió—. Nada de esta noche tiene que ser como los demás esperan.

Eso la tranquilizó.

Alma respiró hondo y apoyó la frente en su pecho. Sentía el latido de Tomás, fuerte, constante, y por primera vez desde que había comenzado la boda, el ruido del mundo desapareció por completo.

Se sentaron juntos al borde de la cama. Él la ayudó a desabrochar el vestido con una paciencia casi reverente, como si entendiera que ese gesto era más que una prenda: era confianza.

—Nunca pensé que este momento iba a llegar así —confesó ella en voz baja—. Siempre creí que mi vida iba a tomar otro rumbo.

—Todavía puede —dijo Tomás—. Estamos empezando, Alma.

Ella levantó la vista.

—¿Y si no encajo en el mundo que te rodea?

Tomás sonrió con suavidad.

—Entonces el mundo va a tener que adaptarse a ti.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue íntimo. Se besaron sin prisa, con una ternura torpe y sincera, como si ambos entendieran que ese primer acercamiento era un lenguaje nuevo. Para Alma, todo era descubrimiento; para Tomás, cuidado. No hubo urgencia, solo presencia.

Más tarde, envueltos en las sábanas blancas, Alma miraba el techo mientras Tomás trazaba círculos lentos sobre su mano.

—Estuve pensando en la luna de miel —dijo él—. París, Roma, quizás la costa amalfitana. Hoteles históricos, cenas frente al Sena… algo inolvidable.

Alma sonrió, pero su sonrisa fue breve.

—Es hermoso —respondió—. Aunque… yo había imaginado algo distinto.

Tomás giró hacia ella.

—¿Cómo qué?

—Un lugar tranquilo. Montañas, o un pueblo pequeño. Caminar sin que nadie nos conozca. Despertarnos temprano, tomar café al sol… cosas simples.

Tomás la observó con atención, como si recién entonces comenzara a verla completa.

—Podemos combinar —propuso—. Europa tiene rincones así también.

Alma asintió, pero una idea se le coló en el pecho sin permiso: dejar su pueblo, sus calles conocidas, su gente. Dejar lo que había sido para convertirse en algo que todavía no entendía del todo.

—A veces tengo miedo de sentirme sola —admitió—. De irme tan lejos y perderme.

Tomás apoyó la frente en la suya.

—No voy a dejar que eso pase —dijo—. Incluso pensé en ofrecerle trabajo a Esperanza. Podría sumarse a uno de los proyectos de la empresa. Viajar con nosotros, si eso te hace sentir acompañada.

Alma lo miró, conmovida.

—¿Harías eso?

—Por supuesto —respondió sin dudar—. Quiero que esta vida también sea tuya.

Ella cerró los ojos. Por un instante, se permitió creer que todo podía encontrar su equilibrio. Que el amor, el trabajo y los sueños podían convivir.

La noche avanzó despacio, sin promesas grandilocuentes, sin fuegos artificiales. Solo dos personas aprendiendo a estar juntas, mientras el mar seguía ahí, constante, como un testigo silencioso de lo que comenzaba.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP