Lo que no se dice

A la mañana siguiente, despertaron abrazados. El sol se filtraba tímido entre las cortinas y el mar, a lo lejos, parecía confirmar esa sensación de calma recién recuperada. Alma abrió los ojos primero. Tomás dormía aún, con el ceño relajado, un brazo rodeándola con naturalidad. Todo parecía volver a la normalidad, como si la noche anterior hubiera sellado una tregua sincera.

Alma pensó en Valle Claro.

Había querido recorrer el pueblo, entender por qué ese lugar lo había puesto tan incómodo, pero decidió omitir el paseo. No quería perturbar esa frágil paz ni abrir conflictos innecesarios. Ya habría tiempo para preguntar. O eso se dijo.

Regresaron a casa como dos recién casados. Se besaban en cada semáforo, se rozaban al pasar, se buscaban con una intensidad casi adolescente. Eran magnéticos el uno con el otro, como si todos los problemas hubieran quedado atrás, enterrados bajo promesas silenciosas.

Pero el lunes llegó puntual e implacable.

En la empresa, el destino le recordó a Alma que hay cosas que escapan a cualquier intento de control. Ella seguía intrigada por la resistencia de Tomás a ir a Valle Claro. Él, por su parte, estaba inquieto desde temprano. Había pasado parte de la madrugada investigando el proyecto de Alma, revisando papeles, nombres, ideas.

El nombre lo había descolocado.

“Vínculo Raíz”.

No decía nada explícito, pero sugería unión, proyectos compartidos, futuro. En su mente, deformado por la inseguridad, empezó a sonar como algo ajeno. Como si Alma estuviera proyectando una vida… sin él. O con alguien más.

Ambos se observaron durante el día con una cautela extraña, como si caminaran sobre terreno inestable.

Alma decidió salir temprano.

—Tengo que atender unos asuntos —le dijo a Tomás, intentando sonar casual.

Él asintió, sin mirarla demasiado.

Camino a casa, Alma llamó a Mateo.

—Estoy pensando en tomarme unos días para descansar —dijo, improvisando—. ¿Qué sabés de Valle Claro?

Del otro lado hubo un breve silencio.

—¿Valle Claro? —repitió Mateo—. Bueno… Tomás tiene una casa ahí. A su nombre.

Alma sintió un pequeño vuelco en el estómago.

—¿Una casa?

—Sí —continuó Mateo—. Nunca dejó que nadie la visite. La están remodelando desde hace años. Siempre dijo que era la casa de sus sueños, que quería que fuera perfecta. Deberías preguntarle si ya está lista para hospedarse ahí… debe ser un proyecto enorme. Es raro, la verdad. Invierte muchísimo y por el momento nunca ha vivido allí.

Alma colgó sin saber qué decir.

Ella sabía que Tomás tenía propiedades, muchas. Pero no esa. Y menos en Valle Claro. ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué, cuando ella mencionó el pueblo, reaccionó así?

Al llegar a casa, abrió las redes sociales de Tomás casi sin pensarlo. Las imágenes le devolvieron un pasado que desconocía: hacía tres años, prácticamente vivía allí. Fotos del mar, del pueblo, de atardeceres repetidos desde el mismo balcón. Luego, un largo silencio. Y recientemente, nuevas visitas.

El corazón se le estrujó.

Era la casa de sus sueños.

Recordó la conversación de su boda. Él hablándole de cumplir todos los sueños de ella. ¿Había postergado los suyos? ¿Y ahora los retomaba? ¿Pensaba en dejarla? Las sospechas se agolparon sin orden ni piedad.

El sonido insistente de la computadora la sacó de ese torbellino. Esperanza llamaba.

—No tenemos mucho tiempo —dijo Alma al atender—. Empecemos.

Hablaron del proyecto, de ideas, de próximos pasos. En un momento, Alma no pudo contenerse y le contó, a grandes rasgos, lo que estaba pasando.

—¿No creés —dijo Esperanza con calma— que así como tu has postergado tu sueño y ahora estás trabajando para cumplirlo, él también está en su derecho?

Alma guardó silencio.

—No sean hipócritas —continuó Esperanza—. Díganse qué es lo que realmente quieren. Qué sueñan. Aunque duela, quizás todo eso es lo que los tiene incómodos, necesitan sincerarse.

Mientras tanto, en la empresa, Tomás no lograba concentrarse. La sospecha lo carcomía. Decidió salir antes, seguirla. Esperó unos minutos fuera de la casa para no levantar sospechas y luego entró en silencio.

Escuchó voces.

—Todavía no quiero decírselo a Tomás —decía Alma—. No quiero herirlo ni pelear. Pero estoy muy decepcionada… muy triste. Los sueños no deberían postergarse así.

Tomás oyó fragmentos. Palabras sueltas. “Decepción”, “sueños”, “no decírselo”. También algo sobre la casa de Valle Claro. Su mente completó lo que no escuchó.

Entró de golpe.

—¿Qué es lo que no querés decirme? —gritó.

Alma se sobresaltó. Cerró la computadora de inmediato.

—Tomás, esperá, puedo explicar—

Pero él ya estaba sumergido en un enojo profundo, antiguo, acumulado.

—Traidora —escupió—. Ya me lo habían dicho. Cazafortunas. Mujer fácil. Que te ibas a aburrir de mí y a huir, ante el primero no vas corriendo a buscar a otro que te diga si.

Alma sintió que cada palabra la desgarraba.

—Tomás, no es lo que pensás—

—Me arrepiento de haberte conocido —continuó él, fuera de sí.

Eso fue demasiado.

Alma lo golpeó en el rostro con la mano abierta, sin pensarlo. El sonido seco llenó la habitación. Tomás reaccionó de inmediato, sujetándole las muñecas con fuerza. Sus ojos estaban rojos de ira.

—Aprovechá bien —dijo entre dientes—. Porque es la última vez que me golpeas.

Alma se quedó muda, paralizada.

Tomás la soltó, dio media vuelta y salió de la casa. No volvió a responder sus llamadas.

Alma se dejó caer al suelo y lloró desconsolada, con el cuerpo sacudido por sollozos que no encontraba cómo frenar. Pero, entre lágrimas, tomó una decisión: esperaría. Dejaría que todo se calmara.

Solo entonces podrían hablar.

Solo entonces, quizás, podrían entenderse, quien le había dicho todo eso, a que se refería con ir a buscar un sí, estaba desconcertada, que alcanzó a escuchar de la conversación, necesitaba respuestas pero tenía que esperar a que Tomás se tranquilizara.

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