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Rojo para volver a empezar

Alma llevaba días pensando cómo reparar lo que se había resquebrajado entre ella y Tomás. No quería más silencios ni viajes que funcionaran como excusas. Quería recordarse —y recordarle— por qué se habían elegido en primer lugar.

Por eso preparó la cita con cuidado, casi con devoción.

Compró un vestido rojo despampanante, de esos que no admiten indiferencia. Reservó una noche en un hotel de lujo, discreto y elegante, con cena a la luz de las velas. Lo invitó con anticipación, sin darle margen para esquivar el compromiso. Esta vez no habría postergaciones.

En una pequeña valija guardó lo necesario: un traje de baño, productos de higiene, algo cómodo y elegante para pasear el domingo por Valle Claro, un pueblo costero pequeño y silencioso. El hotel estaba ubicado en un punto privilegiado, justo en el límite entre Puerto Niebla y ese valle escondido, lejos del ruido de ambas ciudades, con vista directa al mar. Un lugar pensado para el descanso… y para el reencuentro.

La noche llegó.

Alma apareció en el living cuando Tomás terminaba de acomodarse el saco. El vestido rojo abrazaba su figura con elegancia natural. Llevaba el cabello recogido, aunque algunos mechones se escapaban suavemente, rozándole el rostro y el cuello, dándole un aire fresco, juvenil, casi despreocupado. Sus ojos brillaban y sus labios, apenas maquillados, parecían aún más expresivos.

Tomás se quedó inmóvil unos segundos.

Vestía un traje oscuro impecable, de corte perfecto, camisa blanca y una corbata sobria que realzaba su porte elegante. Se veía como lo que era: un hombre seguro, atractivo, acostumbrado a moverse en mundos de lujo. Pero esa noche, incluso él parecía sorprendido.

—Estás… —empezó a decir.

—No digas nada todavía —sonrió Alma—. Vamos a llegar tarde.

Mientras ella ultimaba detalles, Tomás notó algo sobre la mesa: una carpeta prolija, con el nombre de una empresa en la tapa. La abrió con curiosidad. Dentro había esquemas, notas, ideas que parecían un proyecto de desarrollo e inversión. Un pequeño post-it rosa sobresalía en una esquina.

“Vamos a cumplir nuestros sueños. Confía”, decía, acompañado de dos corazones rojos.

El gesto de Tomás se tensó. Algo se agitó en su interior, una inquietud que no supo nombrar. Estaba a punto de seguir leyendo cuando Alma apareció detrás de él.

—¿Listo? —preguntó.

Tomás cerró la carpeta de inmediato, sobresaltado.

—Sí, claro —respondió, forzando una sonrisa.

Decidió no decir nada. No todavía. Primero quería entender.

Salieron rumbo al auto. El ambiente era extraño, cargado de una tensión suave, contenida. Como la cita era una sorpresa, Tomás no sabía a dónde se dirigían. Cuando Alma colocó la dirección en el GPS, él frunció el ceño.

—¿Valle Claro? —preguntó—. ¿Por qué ahí?

—Estuve investigando —respondió ella—. Dicen que es hermoso, tranquilo. Tenía ganas de conocerlo.

Tomás se removió incómodo en el asiento.

—No es la gran cosa —dijo—. ¿De dónde sacaste esa idea?

—No entiendo —respondió Alma, desconcertada—. ¿Te molesta?

—No… solo me parece raro.

Las preguntas empezaron a acumularse, el tono a tensarse. Alma percibió el riesgo y decidió cambiar de rumbo antes de que la noche se arruinara.

—¿Pensaste algo para el cumpleaños sesenta de Elena? —preguntó—. Faltan pocos días.

El efecto fue inmediato. Tomás se relajó.

—Sí —respondió—. Creo que va a ser algo grande. Ella se lo merece.

La conversación fluyó con mayor calma hasta que llegaron al hotel. La cena fue íntima, cuidada, envuelta en luces cálidas y música suave. Por un momento, parecieron volver a encontrarse.

En la habitación, se cambiaron y se pusieron los trajes de baño. El jacuzzi los esperaba, humeante, con copas de champán al alcance de la mano. El agua caliente, el alcohol y el silencio cómplice fueron derritiendo las defensas.

Jugaron tímidamente en el agua, salpicándose con torpeza, como dos adolescentes nerviosos que no saben bien cómo volver a empezar. Las risas fueron pequeñas, sinceras.

Finalmente, se acercaron.

Tomás rodeó a Alma con los brazos. Ella apoyó la cabeza en su pecho. Durante unos segundos no dijeron nada. No hizo falta.

El beso llegó sin apuro, profundo, cargado de todo lo que habían callado durante semanas. Un beso que no prometía soluciones, pero sí una tregua. Un intento honesto de volver a encontrarse.

—Te amo Alma—dijo Tomás en medio del beso, casi sin aliento.

—También te amo—. Los cuerpos se buscan como urgidos, con una necesidad latente de volver a estar juntos, como si se hubiesen extrañado, eran caricias de cercanía, de amor verdadero, de dos personas que se vuelven elegir una vez más a pesar de las diferencias y las distancias.

Esa noche, al menos por un instante, la distancia pareció desaparecer.

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