Mundo ficciónIniciar sesiónDurante semanas, Alma no supo nada de Tomás.
Llamadas sin respuesta. Mensajes leídos que jamás fueron contestados. El silencio se volvió una presencia constante, densa, imposible de ignorar. ¿Dónde estaba? ¿Se habría ido a Valle Claro? La idea comenzó como un susurro y terminó por convertirse en una obsesión.
Decidió investigar.
Revisó sus cosas con culpa y paciencia. Pasaron varios días hasta que encontró un recibo: una compra reciente, con envío a una dirección en Valle Claro. El corazón le dio un salto. Sin pensarlo demasiado, tomó algunas pertenencias y condujo hasta allí.
Valle Claro era aún más pequeño de lo que imaginaba. Un pueblo sereno, de calles angostas y ritmo lento, donde muchas casas parecían pensadas para el descanso más que para la vida cotidiana. La dirección la llevó a un barrio exclusivo, casi escondido, frente al mar.
La mansión era imponente.
Blanca, moderna, con grandes ventanales que reflejaban el océano. Tenía un jardín cuidado, juguetes infantiles dispersos cerca de una galería, una bicicleta pequeña apoyada contra una pared, una hamaca colgando de una estructura de madera. Había huellas claras de vida familiar. De niños.
Pero no había nadie.
Mientras observaba, una mujer mayor, de gesto amable, salió de la casa vecina. Parecía ser ama de llaves.
—Disculpe —dijo Alma con cautela—. ¿Sabe quién vive aquí?
La mujer sonrió con cortesía.
—Una pareja joven —respondió—. Tienen dos hijos, un niño y una niña. Viajan mucho por trabajo, casi no están. Son de perfil bajo, no hacen mucha vida social por aquí.
Alma sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Agradeció, convencida de que debía tratarse de un error. Tal vez el recibo era para un cliente, un regalo, cualquier cosa. Se alejó con paso inseguro y se detuvo en un restaurante cercano. Necesitaba pensar. Necesitaba entender cómo hablar con Tomás, cómo pedir explicaciones sin romperse del todo.
Nadie de la familia Beltrán sabía lo que estaba ocurriendo. La vergüenza la atravesó, pero aun así pensó en Mateo. Él podía ayudarla.
Al salir del restaurante, una voz infantil la detuvo.
—¡Alma!
Se giró. Esteban corría hacia ella con una sonrisa radiante. A su lado caminaba una joven de unos quince años.
—Ella es mi niñera, Celeste —dijo el niño.
Celeste era hermosa: alta, delgada, de cabello rubio largo y rizado, ojos verdes intensos. Saludó con amabilidad.
—Vamos, Esteban —dijo con dulzura—. Se nos hace tarde.
Alma respondió el saludo, todavía atrapada en sus pensamientos. No se preguntó qué hacía Esteban allí. Simplemente se despidió y regresó a casa.
En cuanto llegó, llamó a Mateo.
—Necesito verte —dijo con la voz quebrada.
Mateo llegó en menos de quince minutos. Alma tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Le contó todo. Cada detalle. Cada duda.
Mateo se enfureció.
—Nada justifica lo que te dijo —afirmó—. Nada.
Luego habló de su hermano. De cómo siempre había sido misterioso, distante. De cómo la muerte de su padre, cuando Tomás tenía apenas diecisiete años, lo obligó a hacerse cargo de todo: la familia, la empresa, las decisiones. Nadie confiaba en él entonces. La vida lo endureció. Incluso su boda con Alma había sido repentina. Nadie sabía de su existencia hasta ese día. Nunca le habían conocido una mujer estable, aunque siempre tuvo fama de mujeriego.
Alma lo escuchó en silencio.
—Necesito respuestas —dijo finalmente—. Recordé lo que hablamos cuando nos casamos. Yo quería una casa simple, con mucha luz. Tal vez él abandonó su casa de los sueños para darme los míos… y eso me rompe el corazón. ¿Cuántas cosas habrá cedido por mí?
Mateo la miró, sorprendido. En lugar de enojo, ella mostraba preocupación por Tomás. No dijo nada.
Alma rompió en llanto de repente.
Mateo la abrazó.
En ese instante, la puerta se abrió.
Tomás entró.
—¿Él es mi reemplazo? —escupió con odio.
El ambiente se volvió irrespirable. Comenzó a decir cosas hirientes, crueles. Alma y Mateo intentaron detenerlo. Tomás perdió el control y golpeó a su hermano en el rostro. Cuando iba a hacerlo otra vez, se encontró con la mirada aterrada de Alma. Se detuvo.
—Tomás, tenemos que hablar —dijo ella, temblando—. Tenés que escucharme.
—Sos una mujer fácil. Una libertina —respondió él, fuera de sí.
Las lagrimas de Alma rodaban por su rostro enrojecido.
—Nunca debí traerte conmigo, me advirtieron que esto sucedería—vociferó él.
Mateo intentó defenderla.
—Tomás ¿De qué hablas? Escucha a tu esposa. Alma él no te merece—dijo Mateo.
—Cállate —le dijo—. No te metas en nuestros asuntos.—lo detuvo ella.
Luego miró a Mateo, con el corazón hecho trizas.
—Vete. Por favor.
Mateo salió sangrando, con el alma rota. No solo por el golpe, sino por haber visto a la mujer que amaba defender a quien la estaba destruyendo.
La casa quedó en silencio.
Y Alma, una vez más, quedó sola frente a un amor que ya no reconocía, se arrodilló y suplicó a Tomás que la escuchará, él dudó pero se sentó en el sillón con su rostro entre sus manos.
—Te escucho.







