Tomás volvió a su casa esa tarde con una ligereza que no coincidía con los hechos, pero sí con la historia que se repetía a sí mismo. El divorcio había sido un trámite absurdo, una exageración innecesaria que pronto se diluiría, una amenaza sin fundamento para probar su lealtad. Así lo había decidido él. Así se lo había dicho Laura. Y Tomás, acostumbrado a que el mundo respondiera a sus tiempos, no veía razones para pensar distinto.
Apenas dejó las llaves sobre la mesa, tomó el teléfono y le es