El regreso a Luminaria no fue silencioso.
Apenas cruzó la puerta de la casa familiar, Alma notó las miradas inquietas, las preguntas no dichas, el modo en que todos se movían a su alrededor con cuidado, como si temieran romper algo frágil. Su familia se alarmó de inmediato. No era habitual verla llegar sin avisar, con una valija hecha a las apuradas y los ojos apagados.
—Estoy muy estresada —dijo Alma, antes de que nadie preguntara demasiado—. Necesitaba unos días lejos para acomodar mis ideas.