Alma se miró al espejo del baño intentando reconocerse. El agua fría le corría por el rostro, llevándose el maquillaje y, con él, la máscara que había sostenido toda la noche. Tenía los ojos enrojecidos, el pecho apretado, el estómago revuelto. Respirá, se dijo. Solo pedir perdón y volver a la fiesta.
Cuando se giró, Laura estaba allí.
Su expresión era la de alguien que finge incomodidad, pero sus ojos no temblaban. Intentó pasar de largo, como si Alma no existiera.
—Laura… —dijo Alma, detenién