El primer día

El edificio de Beltrán & Hijos se alzaba sobrio frente al puerto, con una fachada de vidrio y piedra que reflejaba el movimiento constante de la ciudad. Alma se detuvo un segundo antes de entrar. No era nerviosismo exactamente, sino la conciencia de estar cruzando un umbral importante.

—¿Lista? —preguntó Tomás, ajustándose el saco.

Alma asintió.

—Quiero hacerlo bien —respondió—. No solo porque soy tu esposa.

Tomás la miró con una sonrisa breve.

—Eso es justamente lo que me enamoro de tí.

El interior del edificio estaba lleno de luz natural. Oficinas abiertas, gente moviéndose con ritmo seguro, saludos respetuosos. Tomás la presentó como parte de la familia y como una incorporación clave. Las miradas fueron curiosas, algunas cálidas, otras evaluadoras.

Elena los esperaba en su despacho.

—Quiero que este primer día comience aquí —dijo, señalando dos sillones frente a su escritorio—. Con una conversación necesaria.

El despacho era elegante sin excesos. Fotografías antiguas colgaban en la pared: un hombre joven, sonriente, con manos gastadas por el trabajo.

—Mi esposo, Luis —explicó Elena, siguiendo la mirada de Alma—. Él fundó la empresa. Empezamos desde abajo, con un pequeño taller y más voluntad que recursos.

Alma escuchaba con atención.

—Todo lo que ves —continuó Elena— es patrimonio familiar, pero no en el sentido material solamente. Es esfuerzo, es historia, es responsabilidad. Por eso trabajamos todos en la empresa. No heredamos comodidad: heredamos compromiso.

—Lo entiendo —dijo Alma—. Para mí, ser parte no es un privilegio vacío. Es una forma de honrar lo que se construyó.

Elena la observó unos segundos y asintió, satisfecha.

—Eso quería escuchar, estoy segura que serás capaz de honrar a nuestra familia.

Más tarde, en una oficina luminosa del ala creativa, Alma escuchó una voz conocida.

—¿Vas a quedarte parada ahí o me vas a abrazar?

—¡Esperanza! —exclamó Alma, corriendo hacia ella.

Se abrazaron fuerte, entre risas y alivio.

—Así que aceptaste —dijo Alma—. No puedo creerlo.

—Tu esposo no sabe hacer ofertas pequeñas —respondió Esperanza—. Se aseguró de que no pudiera decir que no. Pensó en todo… incluso en mis abuelos.

Alma sonrió, conmovida.

—Lo hizo porque no quería que me sintiera sola.

—Y porque sabe negociar —bromeó Esperanza—. Aunque admito que esto no estaba en nuestros planes originales.

—No —dijo Alma—. Cambiaron un poco. Pero todavía podemos lograr todo lo que soñamos.

Esperanza la miró con picardía.

—¿Sabés que todo esto empezó porque yo te arrastré al club Sunset aquella noche?

Alma rió.

—Decías que necesitaba divertirme.

—Y tenía razón —dijo Esperanza—. Cuando los vi hablar, supe que algo iba a cambiar. No sabía qué tan grande… pero lo supe.

El clima se tensó cuando Tomás entró acompañado de una mujer alta, elegante, de belleza impecable. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, su expresión era serena, casi distante.

—Alma —dijo Tomás—. Ella es Laura, mi socia.

Laura la observó de arriba abajo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Por fin te conozco —dijo—. He oído mucho de tí.

—Espero que bien —respondió Alma con cortesía.

—Depende de quién hable —contestó Laura, sin perder la compostura.

Esperanza percibió el cambio inmediato en el aire.

Laura llevaba años junto a Tomás en la empresa. Rumores circulaban entre los empleados: cenas tardías, viajes compartidos, una cercanía que muchos daban por sentada. Pero Tomás nunca la había mirado como miraba ahora a Alma.

Laura lo sabía.

Lo que Laura no tenía —la ternura sin pretensión, la humildad auténtica— era justamente lo que Tomás había visto en Alma desde el principio. Y eso la incomodaba.

—Nos veremos seguido —dijo Laura antes de retirarse—. Bienvenida a la empresa.

Cuando se fue, Alma soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—No me cayó bien —admitió en voz baja.

Esperanza apoyó una mano en su hombro.

—Alma —dijo—. Tomás te eligió a ti. No a ella. Y eso no se discute en ninguna sala de reuniones, mira todo lo que ha hecho por tí, se nota que va en serio.

Alma asintió, tratando de convencerse.

Desde el ventanal, el puerto seguía su ritmo habitual. Adentro, sin embargo, algo nuevo comenzaba a tomar forma. No solo un trabajo, no solo una familia, sino una red de afectos, tensiones y promesas que recién empezaban a entrelazarse.

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