Mundo ficciónIniciar sesiónLuminaria amaneció con un cielo limpio, de esos que parecen quedarse grabados en la memoria. Alma cerró la última valija mientras Isis y Marcela la observaban desde la puerta de su habitación, intentando no convertir ese momento en un adiós definitivo.
—No mires así —dijo Alma, sonriendo con esfuerzo—. No me voy para siempre.
Isis, la mayor, cruzó los brazos.
—Eso dicen todos los que se van —respondió—. Después la vida se llena de otras cosas.
Marcela se acercó y la abrazó con fuerza.
—Solo prometé que no te vas a olvidar de quién eres cuando estés lejos.
Alma apoyó la frente en el hombro de su hermana menor.
—Eso no puede pasar —dijo—. Ustedes van conmigo, aunque no estén.
El abrazo fue largo, sincero, cargado de todo lo que no se dice cuando el amor pesa más que las palabras. Afuera, Tomás esperaba junto al auto, respetando ese ritual íntimo sin intervenir.
Antes de partir, Alma se giró una última vez. La casa, la calle, el árbol de la esquina. Todo parecía igual. Y, sin embargo, ella ya no lo era.
Mientras tanto, en un café discreto del centro, Tomás se reunía con Esperanza.
—No voy a dar rodeos —dijo él, directo—. Quiero que acompañes a Alma.
Esperanza lo miró con cautela.
—¿Como amiga o como empleada?
—Como ambas, si lo deseás —respondió—. Te ofrezco un puesto jerárquico en la empresa, con libertad de proyectos y presupuesto propio.
Esperanza arqueó una ceja.
—Eso ya suena tentador.
Tomás continuó, midiendo cada palabra.
—Además, un seguro de retiro vitalicio para tus abuelos. Y una casa. No cualquier casa… la que siempre dijiste que soñabas.
El silencio se volvió denso.
—Eso no es una oferta —dijo Esperanza—. Es una jugada maestra.
—Es una forma de asegurarme de que Alma no esté sola —respondió él—. Y de reconocer tu talento.
Esperanza apoyó la taza lentamente.
—Déjame pensarlo —dijo, aunque en su voz ya no había rechazo.
Tomás asintió. Sabía que había sembrado suficiente.
La casa de la familia Beltrán se alzaba sobre una colina suave, a pocos minutos de Puerto Niebla. No era ostentosa, pero imponía respeto: líneas clásicas, ventanales amplios, jardines cuidados al detalle.
Elena Beltrán los esperaba en la entrada.
Era una mujer elegante, de porte firme y mirada atenta. Su cabello, castaño con hebras plateadas, estaba recogido con sobriedad. Vestía con sencillez refinada y hablaba con una voz calma que no necesitaba elevarse para ser escuchada, ella estuvo presente en la boda sin embargo en la vóragine de la noche Alma no tuvo tiempo de poder observarla o conocerla.
—Bienvenida a casa, Alma —dijo, tomando sus manos—. Espero que acá encuentres paz.
Ese gesto, más que cualquier discurso, tranquilizó a Alma.
Dentro, conoció a los hermanos, quiénes por diversos compromisos no pudieron asistir a la boda.
Clara fue la primera en acercarse: sonrisa abierta, ojos vivaces, una energía práctica y cálida.
—Así que tu eres la mujer que logró que Tomás se calmara —bromeó—. Ya te quiero.
Julia llegó con sus dos hijos tomados de la mano. Tenía una belleza serena, marcada por una madurez distinta, la de quien ya ha atravesado pérdidas.
—Soy Julia —dijo—. Divorciada, madre a tiempo completo… y feliz de volver a empezar.
Los niños rodearon a Alma con curiosidad, rompiendo cualquier formalidad, los hijos de Julia eran gemelos Aaron y Abby, de cabello rubio y rizado, con los ojos grises como los de su tio Tomás que al exponerse al sol se veian de un azul profundo, de sonrisas alegres y vivaces.
Mateo apareció último.
Era alto, de presencia sólida, muy parecido a Tomás en los rasgos y en la postura segura. Pero sus ojos eran distintos. Verdes. Intensos. Observaban sin apuro, como si registraran más de lo que mostraban.
—Bienvenida —dijo simplemente.
Alma sintió algo indefinible, una sensación breve, casi imperceptible, que descartó de inmediato. Mateo sonrió apenas, con una cortesía distante, y se retiró para atender una llamada.
Nada más.
Al caer la tarde, Tomás condujo a Alma hasta su nueva casa.
Cuando abrió la puerta, ella se quedó inmóvil.
La luz entraba desde todos los ángulos. Ventanales amplios, paredes claras, espacios abiertos. Y, al levantar la vista, lo vio: tragaluces en el techo, perfectamente alineados.
—Tomás… —susurró.
—Quería sorprenderte —dijo él—. Pensé que si este iba a ser nuestro hogar, tenía que parecerse a tus sueños.
Alma recorrió la casa lentamente. Imaginó mañanas luminosas, noches mirando estrellas desde la cama. No era excesiva. No era fría. Era exactamente lo que había soñado.
—Es… perfecta —dijo con un nudo en la garganta.
Tomás la abrazó por detrás.
—Te dije que iba a cumplir todos tus sueños.
Alma cerró los ojos y, por primera vez desde que dejó Luminaria, pensó que quizás, solo quizás, ese futuro podía ser real.







