Mundo ficciónIniciar sesiónAlma no necesitó pruebas formales. Le bastaron las miradas, los silencios que se interrumpían cuando ella entraba a una sala, los murmullos que se apagaban en los pasillos. En la empresa, los rumores circulaban con la misma velocidad que los correos urgentes, y todos parecían tener una versión distinta de la misma historia.
Tomás y Laura pasaban mucho tiempo juntos.
Reuniones prolongadas. Almuerzos de trabajo. Conversaciones en voz baja que se extendían más de lo necesario. Y, paradójicamente, Tomás hablaba de Alma constantemente: de su talento, de sus ideas, de lo bien que se estaba adaptando. Eso, lejos de tranquilizar a Laura, parecía encender algo oscuro en ella.
Alma lo notó el día en que Laura la interrumpió en una reunión frente a todo el equipo.
—Quizás esa propuesta funcione… en teoría —dijo Laura, con una sonrisa fría—. Pero en esta empresa manejamos otros estándares. No es una universidad.
Las risas incómodas no tardaron en aparecer.
Alma sostuvo la mirada, pero se sintió humillada.
—La teoría también construye empresas sólidas —respondió—. De hecho, esta empresa nació de una idea que nadie más creyó posible.
El silencio fue abrupto.
Más tarde, Alma buscó a Tomás.
—Está intentando dejarme en ridículo —dijo sin rodeos—. Y tu no lo ves… o no quieres verlo.
Tomás frunció el ceño.
—Estás exagerando —respondió—. Laura es así con todos. Confío en ella, Alma. Ha estado conmigo desde el principio.
Esa frase fue el golpe más duro.
—¿Y en mí? —preguntó ella, con la voz contenida—. ¿Confiás en mí?
Tomás no respondió de inmediato. Y ese segundo de duda fue suficiente para herirla.
Alma rompió en llanto y salió de allí corriendo.
La situación explotó al día siguiente, cuando Mateo pidió la palabra en una reunión estratégica.
—Hay algo que no puedo seguir pasando por alto —dijo, mirando directo a Tomás—. Laura ha cruzado límites. No profesionales. Personales. Se burló de una colega de una forma descarada. Así como Alma, todos hemos sido principiantes pero ninguna idea debe ser descartada y mucho menos con tono burlón.
Laura reaccionó de inmediato.
—Esto es inadmisible —dijo—. No voy a aceptar ataques infundados.
—No es infundado —intervino Elena, con voz firme—. Yo también lo he notado. Y no lo voy a permitir.
Tomás miró a uno y otro lado, sorprendido.
—Laura —dijo finalmente—. Necesito que te disculpes con Alma, ahora.
El rostro de Laura se tensó.
—¿Después de todo lo que hice por ti y esta empresa? —preguntó—. ¿Así me retribuyes?
—Justamente por eso —respondió Tomás—. Porque confío en ti… en que podemos continuar trabajando y porque esto no puede seguir así.
La disculpa fue breve, correcta, pero cargada de humillación. Laura se retiró sin mirar atrás.
Alma estaba en el jardín interno cuando Elena, Mateo y Clara se acercaron.
—Tenés derecho a sentirte herida —dijo Elena—. Pero también a saber la verdad completa.
Mateo se cruzó de brazos.
—Laura estuvo cuando papá murió —explicó—. Cuando Tomás heredó la empresa y nadie confiaba en que pudiera sostenerla. Ella sí lo hizo.
—Fue como una mentora —agregó Clara.
—Muy mentora —bromeó Mateo—. Bastante mayor que él, además. Más vieja, diría yo.
Alma no pudo evitar sonreír.
—Mateo —lo retó Clara.
—¿Qué? Es contexto histórico —respondió él, encogiéndose de hombros.
Alma respiró aliviada. No porque Laura dejara de incomodarla, sino porque empezaba a entender. No había romance oculto, sino una lealtad antigua, mal gestionada.
Esa noche, en casa, Alma y Tomás hablaron sin interrupciones.
—Me dolió que no me creyeras —dijo ella—. Sentí que no estabas de mi lado.
Tomás bajó la mirada.
—Me equivoqué —admitió—. Confundí lealtad con ceguera. Y te fallé.
Se acercó despacio, como quien no da nada por sentado.
—Te elijo a ti —dijo—. Quiero que nunca más lo dudes.
Alma lo miró largo rato. Luego asintió.
El beso fue distinto a otros. Más profundo. Más necesitado. No hubo palabras grandilocuentes después, solo cuerpos que se buscaban con urgencia contenida, con una mezcla de deseo y reconciliación. Esa noche, la pasión fue también un lenguaje de perdón, una forma de volver a encontrarse.
Cuando el silencio volvió, Alma apoyó la cabeza en el pecho de Tomás.
—Gracias por darme mi lugar —susurró.
—Siempre fue tuyo —respondió él.
Y por primera vez desde que había llegado a Puerto Niebla, Alma sintió que no solo era la esposa del CEO, sino una mujer amada, respetada y defendida.







