Alma no necesitó pruebas formales. Le bastaron las miradas, los silencios que se interrumpían cuando ella entraba a una sala, los murmullos que se apagaban en los pasillos. En la empresa, los rumores circulaban con la misma velocidad que los correos urgentes, y todos parecían tener una versión distinta de la misma historia.
Tomás y Laura pasaban mucho tiempo juntos.
Reuniones prolongadas. Almuerzos de trabajo. Conversaciones en voz baja que se extendían más de lo necesario. Y, paradójicamente,