El domingo siguiente, en el hermosísimo Central Park, con el ambiente animado y el sol pintando el césped con su resplandor dorado y árboles que se mecen y que danzan al ritmo del viento, el grupo hace acto de presencia para compartir un rato muy ameno.
John había organizado un picnic “espontáneo” con una sonrisa amable y una canasta perfectamente preparada que ningún alma ingenua sospecharía, todo para llevar a cabo su plan.
—Solo traigan hambre —había dicho a los monjes en la cena pasada—. El