Angelo entró en la habitación donde Tazio estaba retenido desde hace algunos días. No era legal tenerlo allí, pero tampoco sería la primera vez que trabajaban por debajo de la ley. Solo tenían que asegurarse de que nadie lo descubriera.
Tazio estaba sentado en la única cama del cuarto, pero se puso de pie de un salto al verlo entrar. Su rostro estaba magullado —aun no era capaz de abrir uno de sus ojos por completo—, testimonio de los golpes que el padre de Angelo le había dado unos días atrás.