Pasado
Angelo se recostó en el sillón de su oficina, con la última fotografía entre las manos. Una más para la inquietante colección que había recibido en los últimos meses, y que comenzaba a ponerle los nervios de punta.
Había intentado rastrear al remitente sin éxito. Quienquiera que fuera, sabía cómo cubrir sus huellas. Usaba buzones públicos, elegía fechas aleatorias y, según los sellos postales, las enviaba desde distintos puntos de la ciudad. No había logrado identificar un patrón. Ningún