Lena pasó el día con una incomodidad extraña, imposible de ubicar. No era hambre ni cansancio, ni siquiera esa ansiedad que ya le era familiar. Era algo más profundo: un ardor sordo, una brasa escondida bajo la piel. Se tocó disimuladamente por debajo del abrigo. La zona estaba caliente, hipersensible, como si ahí ocurriera algo que su mente todavía no alcanzaba a nombrar.
Trató de ignorarlo. Se repitió que eran nervios, estrés acumulado, cualquier explicación racional que la ayudara a no pensa