—Lena.
La voz surgió de la nada. Clara. Cercana.
Lena se giró tan rápido que golpeó la mesa con la cadera. La taza de café volcó, derramando un hilo oscuro sobre las páginas abiertas de la libreta
Nadie.
La ventana cerrada. La casa en silencio.
Pero la voz seguía allí, vibrando en el aire como un eco atrapado entre las paredes.
Miró la página manchada. Las palabras escritas temblaban como si acabaran de aparecer:
“Laberinto. Puerto. Umbral. No todos se cruzan dos veces.”
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se acercó lentamente a la ventana. Afuera, la madrugada tenía ese color sucio que anuncia un amanecer incierto. Nada se movía, excepto las ramas desnudas de un árbol golpeadas por ráfagas irregulares.
No había nadie en la calle.
Y aun así, la sensación de haber sido llamada no se disipaba.
La cafetera vibraba con un zumbido bajo, persistente. El vapor se elevaba en espirales torcidas, formando figuras que desaparecían apenas parpadeaba.
No era la primera señal.
Pero esta vez no pro