El silencio después del reinicio no fue alivio. Fue altura.
El beso había devuelto la membrana a su tensión perfecta —esa piel de agua que separa lo habitable de lo infinito—, pero dejó en el aire un brillo residual que no pertenecía a ninguna de las dos capas. Lena, todavía con la respiración acelerada, notó la línea de luz en su frente pulsar a ritmo propio. No dolía. Señalaba.
Elías, apoyado de espaldas en la columna del N7, apretó los párpados para fijar el mundo. Las palabras volvían —lámp