La mañana era un vidrio empañado. Nada afuera parecía peligroso, pero todo adentro estaba en alerta. La ciudad se dejaba recorrer con normalidad casi insultante: el pan recién horneado, el runrún de motores, una manguera dibujando arcos de agua en una banqueta. Aun así, el pulso de las 03:19 seguía sonando en la memoria de ambos, como una nota sostenida que no encuentra dónde apoyarse.
Elías llegó a la torre con la certeza tranquila de quien ya sabe que no podrá darse explicaciones simples. Sub