Lena amaneció con los ojos hinchados y la respiración entrecortada, como si toda la noche hubiese estado conteniendo un grito. La Marca en su costado seguía ahí, punzante, recordándole algo que no se cerraba porque no era una herida: era un llamado. Se incorporó despacio en el sillón de Ana, mientras la luz gris del amanecer se filtraba entre las cortinas, dividiendo la habitación en franjas de realidad fría y sombra.
Había olor a café recién hecho. No recordaba haberlo preparado. Últimamente,