La mañana se deslizó con una calma rara, de esas que mienten sin esfuerzo. La luz blanca entraba por las ventanas como si quisiera blanquearlo todo: la mesa con migas de ayer, el libro abierto en la página marcada, la taza que nadie había levantado. Parecía una mañana cualquiera, salvo por el detalle de que Lena no pertenecía a ninguna mañana. Seguía sentada con la sudadera de anoche, el cabello enredado, los ojos con ese peso que no es sueño sino insistencia. El café se había quedado frío hací