Valentina
Will entró a la casa con una maleta en una mano y una expresión que me hizo retroceder un paso.
No era el Will amable del bar. No era el hombre que brindaba con cerveza y contaba anécdotas editadas sobre su juventud. Este Will tenía la mandíbula apretada, los ojos oscuros y la postura de un hombre que acaba de viajar doce horas para arreglar un desastre que tres chicos de veinte años crearon por no saber cuándo pedir ayuda.
Dejó la maleta en el suelo. Nos miró a los tres. A Adonias de