Génesis
Adonias abrió los ojos a las seis de la mañana.
Llevaba ocho horas en el hospital. La operación fue de emergencia: la bala le atravesó el muslo izquierdo sin tocar la arteria femoral, lo cual según el cirujano fue un milagro de milímetros. Le sacaron la bala, le cosieron, le vendaron y lo conectaron a una máquina que pitaba con la regularidad de un metrónomo que marcaba el ritmo de mi alivio.
Estuve toda la noche sentada junto a su cama. Sin dormir. Con su mano entre las mías. Mirando e