Adonias
Llevaba tres días en cama y ya quería arrancarme la pierna yo mismo.
No por el dolor. El dolor lo controlaban los analgésicos. Lo que no controlaban era el aburrimiento de un hombre acostumbrado a tener cada minuto organizado y que ahora pasaba las horas mirando el techo, revisando redes sociales que no le importaban.
La puerta se abrió.
Mía. Con una bandeja en las manos, el pelo recogido en una coleta desordenada y una sonrisa que me aceleró el pulso más que cualquier analgésico.
—Te