GÉNESIS
Desperté con la boca seca y el cuerpo pesado. Los gemelos habían decidido que las tres de la mañana era una hora perfecta para hacer una fiesta en mi vientre y no me dejaron dormir hasta casi las cinco. Ser madre primeriza y a escondidas era, sin duda, la combinación más agotadora que existía.
Me levanté, me lavé la cara, me puse una bata y salí de mi habitación rumbo a la cocina. Necesitaba un vaso de jugo, una tostada y que nadie me hablara durante al menos veinte minutos.
Pero al ba