Hapy se alejó del calabozo con pasos ligeros, cada zancada un eco hueco en el pasillo húmedo y frío. La pequeña cesta de frutas, ahora más ligera, rebotaba suavemente contra su cadera. Sus ojos, antes cautelosos, ahora brillaban con una mezcla de miedo y una determinación incipiente. El lino, diminuto y casi imperceptible, estaba escondido en su palma, arrugado por el sudor. Sentía su peso, un peso inmenso que no correspondía a su tamaño. Era el secreto que le había confiado el arquitecto, el h